HERRI KROSA UGAO-MIRABALLES 2026

El domingo 10 de mayo participamos txikis y adultos en la Herri Krosa de Ugao-Miraballes, repartidos y repartidas en las diferentes categorías. En mi caso, la carrera tenía un significado especialmente importante, ya que llevaba varios meses sin correr debido primero a una lesión en el isquio y después a unas molestias en el menisco, así que prácticamente fue mi primera carrera del año.

Desde que me desperté por la mañana sentía bastantes nervios. Volver a ponerme un dorsal después de tantos meses significaba muchísimo más de lo que cualquiera podría imaginar desde fuera. Porque al final una carrera nunca son solo kilómetros, cronómetro y una meta. A veces también son miedos, inseguridades, dudas y pequeñas batallas silenciosas que uno libra por dentro.


Mi amiga Geraldin y yo emprendimos el viaje en tren con bastante tiempo de margen, algo habitual cuando hay una carrera de por medio y todos vamos mirando el reloj como si estuviéramos organizando una misión espacial. Eso nos permitió tomarnos un café tranquilamente, ponernos al día de nuestras vidas y compartir esos nervios mezclados con risas que siempre aparecen antes de correr. Porque algo bonito tienen las carreras populares,
puedes estar a punto de sufrir durante varios kilómetros y aun así reírte como si fueras de excursión.

Poco a poco empezó a llegar la gente, fui reencontrándome con compañeros y compañeras del equipo. Me hizo muchísima ilusión verles, pero todavía más sentir que también ellos se alegraban de verme de vuelta. Y aunque muchas veces no lleguemos a conocer del todo las historias personales de quienes corren a nuestro lado, sí sabes cuándo alguien transmite energía bonita, motivación y ganas de seguir adelante. Y eso tiene muchísimo valor.


Entre pláticas, saludos y abrazos, el tiempo se me pasó volando. Cuando me di cuenta ya eran las 11:30 a.m., la hora en la que habíamos quedado para la foto grupal. Y sinceramente, qué maravilla ver cuánto ha crecido esta pequeña gran familia, con nuevos y nuevas integrantes. Ver también a los txikis con esa ilusión hace pensar que seguramente serán ellos y ellas quienes algún día nos releven… aunque ahora mismo seguro ya tengan
más energía que todos nosotros juntos jeje.

Después de la foto, hicimos el reconocimiento del circuito para entrar en calor, algo que personalmente me vino genial porque nunca había corrido esa prueba y siempre tranquiliza un poco saber dónde exactamente vas a sufrir. Además, el equipo llevaba consigo esa energía tan característica: mucha presencia, muchas risas y esa buena vibra contagiosa.


Cuando terminamos el reconocimiento quedaban apenas diez o quince minutos para la salida (aunque sinceramente mi memoria ahí ya estaba secuestrada por los nervios). Poco a poco nos fuimos colocando en la salida compartiendo las últimas bromas, los nervios típicos previos y, sobre todo, esa emoción que este deporte regala incluso antes de empezar.


Sonó la salida y allá fuimos a darlo todo. A mitad de la primera vuelta iba repitiéndome mentalmente: “Ana, calma… con calma… no te emociones”, que siempre me lo dice Ambros, porque ese es mi gran talón de Aquiles, salir demasiado rápido y luego en los últimos kilómetros pagar la factura. Y efectivamente, así fue un poco.

Aunque esta vez creo que el verdadero enemigo fue el clima. Habían anunciado lluvia y yo iba preparada
mentalmente a la lluvia, pero apareció un sol espléndido que noté su acto de presencia justo cuando más empezaban a pesar las piernas. Menos mal que Pani, sin saberlo, terminó convirtiéndose en mi liebre improvisada. Ir siguiéndole me ayudó muchísimo a seguir tirando hacia delante cuando las fuerzas empezaban a flaquear.


Cuando crucé la meta y vi mi tiempo sentí una emoción difícil de explicar. Porque hay batallas que no aparecen en las fotos ni salen reflejadas en los resultados oficiales. Sí, objetivamente había mejorado mi marca y claro que eso me hizo feliz. Pero la verdadera

victoria no estaba en los números. La verdadera victoria fue haber superado mi mente, haber vencido todas esas dudas que durante meses me hicieron creer que quizá no volvería a recuperarme, ser capaz o estar preparada. En fin, esta vez el cronómetro representó mucho más que minutos y segundos. Representó resiliencia, valentía y la capacidad de seguir adelante incluso cuando tu propia mente se convierte en tu peor enemigo.


Al final de la carrera, mientras veía a todo el equipo reunido celebrando cada resultado, cada esfuerzo y cada historia personal, pensé en algo que a veces olvidamos: hay familias que no nacen contigo, sino que las eliges en el camino. Y qué suerte encontrar personas que celebran tus avances sinceramente. Este equipo se ha convertido exactamente en eso para mí, un espacio seguro, humano y lleno de apoyo sincero; reafirmándome que escogí un
excelente equipo, ¡una excelente familia!

También quiero agradecer a todas esas personas que forman parte de la familia Korrikazaleak desde fuera de la carrera. A quienes animan, a quienes gritan tu nombre cuando ya sientes que no quedan fuerzas, a quienes sacan fotos que consiguen inmortalizar momentos que pasan demasiado rápido, y a quienes, incluso sin haber estado presentes en la carrera, han sido un apoyo importante durante todo el proceso. Y tampoco quiero
olvidarme de quienes ahora mismo están fuera de las carreras por culpa de las lesiones; ojalá podamos verles muy pronto nuevamente disfrutando y compartiendo kilómetros con nosotros. Porque al final correr nunca es solamente individual.


Fue una pena no poder quedarme al Grand Prix porque me agarró un moqueo terrible y al final tuve que retirarme, aunque sé que todavía quedan muchas más ocasiones, más carreras y muchísimos momentos por compartir.
Sin más, regresé a casa casi con la misma cantidad de mocos que de felicidad en el corazón, y eso ya dice bastante de lo especial que fue el día…

Por Ana Arias

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