Bilbao bajo la luna: cuando cruzar la meta es la verdadera victoria
Hay historias de running que no se miden solo en el cronómetro, sino en el camino recorrido para llegar a la línea de salida. El pasado fin de semana, Bilbao volvió a vestirse de gala para acoger una de sus noches más mágicas: su célebre carrera nocturna, una auténtica marea humana de 27.000 almas iluminando el asfalto repartidas entre las distancias de 10K y 21K.
Entre esa multitud, con el dorsal abrochado y los nervios a flor de piel, estaba yo.

Soy un corredor popular de mediana edad. De esos que llevan tres años dándole zapatilla de forma constante tras dos décadas completamente parado. En mi juventud corría un poco «a lo Forrest Gump»: llegaba a casa tras un día agotador, me ponía las zapatillas y salía a devorar kilómetros solo para despejar la cabeza y quemar el estrés. Hace tres años volví, pero esta vez por pura necesidad mental y por salud.
Un objetivo forjado en el silencio del verano
Desde el pasado mes de febrero, mi mente y mis piernas tenían marcado un objetivo claro entre ceja y ceja: bajar de las 2 horas en media maratón.
Han sido meses de disciplina en soledad. Madrugones para hacer las series, ritmos machacados y, sobre todo, esas tiradas largas de los domingos bajo el calor del verano, acumulando fatiga pero cargando la mochila de confianza. Todo fluía. El plan marchaba sobre ruedas y la fecha señalada se acercaba con las mejores sensaciones.
Pero el destino, caprichoso como siempre, guardaba un requiebro duro.
A falta de solo cuatro semanas para el gran día, una molestia en la rodilla derecha me obligó a frenar en seco. Pasaron los días, las visitas médicas, el descanso forzado… y el dolor seguía ahí. La incertidumbre te devora en esos momentos. Estar parado a un mes de tu gran reto es desesperante.
Fue gracias al consejo oportuno en el momento justo —eskerrik asko, KZK— como encontré el camino de vuelta: «Ponte en manos de un buen fisio, que te dé un diagnóstico claro y te trate». Y así fue. La recuperación llegó, pero llegó justa. El margen para retomar el volumen de kilómetros se había esfumado.
La noche del reto: la fiesta en las calles
Llegó la noche de la carrera. Bilbao era una caldera de emoción, música y luces. Me ubiqué en el Cajón 6 (21K Sub 2h). Sin embargo, la prudencia dictó la estrategia: saldría a probar la rodilla, a testear la recuperación del lunes anterior y, siendo realista con el parón, tomaría la decisión en carrera, con el objetivo de llegar al menos a la meta de los 10K.
El pistoletazo inicial desencadenó la marea. Entre los nervios y la emoción de la salida, apenas se podía avanzar por el colapso de corredores. Hubo que armarse de paciencia hasta desembocar en la Gran Vía, donde por fin encontré espacio para meter una velocidad de crucero razonable, rondando los 5:30/km. Iba adelantando sensatamente, cogiendo sensaciones.
Subí el Puente de Deusto: cero molestias. Hice el recorrido de vuelta: la rodilla respondía perfectamente. Eso sí, el cuerpo empezaba a pasar la factura del mes de inactividad.
El dilema del arco de meta
A falta de 3 kilómetros, el cansancio apretaba, pero la idea de abandonar ni se me pasaba por la cabeza. La ciudad estaba volcada. El aliento de la gente desde las aceras y los puntos de animación con música a todo volumen te empujaban en volandas.
Al volver a la Gran Vía, el embotellamiento era notable; muchísima gente avanzaba a un ritmo muy inferior al mío. Tocó serpentear, buscar huecos y seguir adelantando. Físicamente me sentía entero, sin signos de agotamiento extremo y, lo más importante, ¡sin dolor de rodilla!
Y entonces llegó el momento de la verdad. El punto donde el recorrido se bifurca: 10K a un lado, 21K al otro.
Ahí sentí el único pinchazo de la noche… pero fue en el corazoncito.
La cabeza analizó la situación en una milésima de segundo: «No vas a ritmo de 21K. Te queda el fuelle justo para cruzar la meta dando todo lo que te queda de forma digna».
Giré hacia la meta del 10K. Apreté los dientes, exprimí las últimas fuerzas y crucé el arco.
Por esto corremos
A veces, la victoria no es la marca que habías soñado en febrero, ni la distancia completa que habías planificado. La verdadera victoria es haber superado cuatro semanas de dudas, haber escuchado a tu cuerpo, haber vuelto a disfrutar del asfalto sin dolor y haber cruzado la meta con una sonrisa de oreja a oreja.
Me siento bien. Muy bien.
Al final, cuando te cuelgas la medalla y miras atrás hacia los meses de esfuerzo, entiendes perfectamente el sentido de todo esto.
Por noches como esta, por este sentimiento de superación… por esto corremos.

Por Ramón


