​CRÓNICA: FORMENTERA ALL ROUND TRAIL

​El triunfo de la voluntad sobre el paraíso.

​Formentera es un espejismo. Vendes tu alma por sus aguas turquesas, pero la isla te cobra el peaje en roca afilada y arena que no perdona. Esta es la crónica de 72 kilómetros que se convirtieron en un ejercicio de supervivencia.

​El Prólogo: La calma ibicenca

​Todo comenzó con unos días de desconexión en Ibiza junto a Inma. Desde el 25 de marzo, el plan era disfrutar del turismo y cargar pilas. Pero el 28 de marzo, el chip cambió. A las 7:00 am, el ferry a Formentera marcaba el inicio del viaje hacia el límite.

​El Espejismo: Km 0 a 8

​A las 9:00 am sonó el pistoletazo. Los primeros 8 kilómetros fueron un regalo: terreno amable, zancada fluida y una sensación de control absoluto. Pero en Formentera, la amabilidad dura poco.

​La Emboscada: Cuando el cuerpo dice «basta»

​Pronto, el terreno se transformó en piedra de costa afilada, de esa que te obliga a bailar sobre cuchillos y rompe cualquier ritmo. Sobre el kilómetro 25, la alarma se encendió: las tripas empezaron a fallar. Entre el 28 y el 44, la carrera se volvió vertical con cuatro barrancos y sus respectivas trepadas que me exprimieron la vida.

​Llegué a la bolsa de vida vacío. Tenía ganas de vomitar, el estómago cerrado a cal y canto y la moral tocada. No entraba comida, pero el crono seguía corriendo.

​El Límite: Km 50 a 52

​En el kilómetro 50 estaba roto. Playas interminables, pasarelas y roca técnica me habían llevado al borde del abismo. En el 52, el cuerpo colapsó y devolví todo. Estaba en el suelo, vacío de energía pero lleno de dudas.

​Sin embargo, me acordé de Itxaso y Ander Molina, mis compañeros de equipo. Pensé en cómo gestionan ellos el monte: caminar-correr, avanzar centímetro a centímetro. No me encontraba mejor, pero empecé a moverme. La retirada no era una opción.

​El Renacer: El efecto Inma (Km 62)

​Llegué al avituallamiento del 62, a solo diez de la gloria, sintiendo que no podía dar un paso más. Y allí, por una de esas casualidades que te regala el destino, estaba Inma. Fue un chute de adrenalina pura. Verla allí, saber que ella saldría en 20 minutos, me recordó por qué estaba en esa isla: había venido a terminar.

​El Infierno Final y la Gloria

​Los últimos kilómetros fueron un calvario de arena donde el pie se hundía hasta el alma. Era horrible, una tortura física que parecía no tener fin. Pero en el 68 la arena dio paso a la pista. De repente, el sonido del speaker empezó a romper el silencio del viento.

​Crucé la meta. Soy finisher.

​Ha sido, sin duda, la carrera que más me ha costado de toda mi vida. Hacer tantos kilómetros sin poder ingerir nada es un castigo que no le deseo a nadie, pero la medalla pesa más que el dolor. Lo logré. Formentera ya es mía.

Por Imanol Benito

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